¿Por qué tengo que pasar por esto?…REFLEXIÓN

“Ya basta… Acá no hay nada que hacer. No hay solución. Nadie hace nada y son cada vez más los que se van. Van quedando, solamente, los que apoyan esto y lo que no se pueden ir. Es más… ¿Por qué tengo que pasar por esto? Yo no elegí nada de lo que está sucediendo. No es justo, no lo merezco…” Era la queja de un buen amigo ante los últimos acontecimientos de su vida. Desempleado, endeudado y con una ristra de problemas familiares. Difícil conseguir consuelo en tal panorama.

¿Por qué tengo que pasar por esto?… No deja de ser una constante en nosotros —seres humanos, cada uno con una biografía única— que en momentos particulares nos preguntemos el porqué de las cosas que nos acontecen. Para Viktor Frankl se trata de algo propio de nuestra naturaleza. Más aún, el requerimiento más básico del hombre: conocer el sentido por el cual vive justifica el resto de sus necesidades.

Pero incluso cuando hemos conseguido —o al menos, eso creemos— aquello que puede dar un sentido a nuestra vida —trabajo, familia, Dios—, se mantiene a flote el sufrimiento con su carácter de incógnita irresoluble: ¿Por qué tantas injusticias?

Viktor Frankl (1905-1997)

«Una vez revelado para nosotros —los que nos encontrábamos en el campo— el sentido del sufrimiento, comenzamos a evitar minimizar o apaciguar las torturas ignorándolas, abrigando falsas ilusiones o ilusionándonos con un optimismo artificial. El sufrimiento se había convertido en un tarea de la que no queríamos apartar el hombro.»

Se cuenta de Juan Pablo II que, durante la etapa final de su vida, visitado por un especialista para una meticulosa exploración neurológica, este le preguntó al final: «¿Cómo vive usted, Santo Padre, esta situación?» La pregunta era claramente de carácter médico. La respuesta no se hizo esperar: “Yo me pregunto qué quiere decirme Dios con esto.”

No deja de ser un misterio este “acompañamiento” que proporciona el sufrimiento a la vida de todo ser humano. Más que una teorización, son ejemplos como el de Frankl o el del papa Wojtyla, los que testimonian la existencia de una respuesta satisfactoria a tan antigua interrogante.

 

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